martes, 23 de agosto de 2016



Klein´s Bottle.

Caminando soñoliento el hermano menor cruzaba el pasillo asomándose en cada habitación buscando algo, sin realmente saber qué.

Al fin, fatigado entró en su propia pieza y se recostó un momento. Entre el letargo y  el desencanto no supo si realmente durmió o simplemente cerró los ojos; al cabo de uno momento, el hermano mayor entra en la habitación y con voz queda le pregunta:

—¿Qué has soñado?

A lo que el hermano menor responde:

            —He soñado que buscaba algo en el pasillo sin saber qué, y que he entrado a mi pieza a descansar y al despertar me has preguntado que si qué he soñado.

            —Despierta y busca— respondió imperioso el hermano mayor.



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Tu Son.


Esa sonrisa. ¡Qué sonrisa!
Esa sonrisa. ¿Qué sonrisa?
Esa sonrisa. Que sonoriza.
Esa sonrisa. Queso y nodriza.
Esa sonrisa. ¿Qué soy ahorita?
Esa sonrisa. Que ruboriza.
Esa sonrisa. Quemo las prisas.
Esa sonrisa. ¿Qué somatiza?
Esa sonrisa. Que calcifica.
Esa sonrisa. Quema la vista.
Esa sonrisa... pues tu sonrisa.

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Ojos

Ojos cefalópodos. De esos que dan calor.
De esos donde cualquiera se pierde
—O encuentra— con gusto y clamor.
De esos donde uno se refleja, aun sin estar
cerca. Porqué sabe que eternamente el reflejo
estará ahí.
Ojos cefalópodos. Ojos lepidópteros. Noctámbulos
y diáfanos: que observan; que vuelan; que sueñan
y traslucen.
Ojos que son todo. Que los veo al cerrar los propios.
Ojos encarnados en mi hipocampo. En mi hipercampo
de visión. Siempre esos ojos. Que son para mirarlos.
Y besarlos. Sentir el calor y nunca jamás olvidarlos.
Ojos.

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Tiempo: esa necedad de aprisionarnos para pasarla bien.

Quisiera no dormir, no cansarme aun de este suspiro
galáctico llamado vida.
Después de haber dormido catorcemilmillones
no es descabellado pues, mi corto deseo.
No dormir en toda una breve vida humana y que
mi existir se aboque en re-existir. Sí.
Tantas cosas por hacer, tantas cosas por crear.
El vivir sin dormir más, disfrutando de las estrellas y la noche.
Del alba al ocaso, y del otoño al verano.
Cada segundo en viajar, en conocer.
Cada kilómetro por andar, cada gente por abrazar.

Y ya en mis últimos años, aprovechado ya todo ese tiempo
concedido, que el cansancio se apoderé de mis huesos,
que un andar lerdo pero placentero dure un año y
los bostezos inhalando sean de horas y más horas.
Que mis amigos me visiten, y que la memoria no se vaya,
platicando días enteros, entre cafés y recuerdos.
Ya todo lento, suspirando, y que poco a poco mi cabeza
se vaya inclinando, en los últimos días del último año.
Satisfecho de todo lo vivido, lo aprendido.
Cerrar al fin el último libro ante mis ojos, y reclinar
mi cabeza en la poltrona, justo como la abuela dormía
y ahí, con una sonrisa pequeña me duerma para siempre
con el último vaivén de aquella silla.

 


Egon Schiele- El molino en ruinas, 1916.

miércoles, 26 de agosto de 2015

Suspiro ancho.








Puse el viejo libro (es un libro viejo en sí)

sobre la taza de café aun humeante.

Miré cómo las letras se mezclaban con la sustancia,

y como la sustancia llenaba esos espacios infinitos

entre grafía y grafía.

La degradómica material hizo su aparición también,

como un aguafiestas, como policía de las leyes naturales

a poner su toque limitante.

Puse el libro viejo, de un autor que ha merecido tener

ese libro viejo. En mi taza amarilla humeante, que se

ha ganado ser el receptáculo de mis letras y metáforas.

Saboreé el café sabor a tinta y sangre. Y cada párrafo

me supo a la vez a un sorbito cafeinómano.

Habrá sido la endorfina que se escapó. O mi sentimiento

por lo que amo, pero un libro sobre una taza de café

en una noche fresca me hizo sentir afortunado.