jueves, 24 de agosto de 2017



Sin editor

Soy muy malo para escribir. Mis dedos son demasiado angostos yo creo, se me atora el sentimiento entre esos diminutas pajillas de mimbre y las letras salen esparcidas y llenas de un pastoso ectoplasma que sería como mi bilis emocional. En otras ocasiones, como dicta la mecánica de fluidos salen en torrentes que manchan todo el panorama, mostrando palabras o frases inconexas que no permiten trasmitir el mensaje que llevo dentro. 

Si, soy muy malo para escribir, debería de haber alguna operación (y que la cubra la seguridad social) donde hacer cita y que en el quirófano me extraigan esto que siento en mi pecho y que no sé por qué pienso que tiene una consistencia peludita, como un gatito durmiendo y ronroneando y que me la den, y traerla siempre en una maletita cómoda para poder enseñarla cada vez que necesite expresar algo y que la gente al acariciarla ya sepan a lo que me refiero y así no estar obligado a querer escribir.

Soy muy malo para escribir, llevo un bosque entero en lápices, al quererme definir. No entiendo por qué no puedo, solo sé llorar y reír, pero nunca narrarme. Me pongo frente al espejo y a los minutos me he desconocido. 

Soy muy malo para escribir, y apenas y con mucho esfuerzo he podido narrar lo malo que soy para escribir y de cómo me atora eso en soltar lo que traigo dentro, ustedes disculpen. Soy tan malo.  



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Una noche calurosa, con mis espaldas desnudas
(los mosquitos también tienen sus propios calores)
un abanico con más ruido que revoluciones
una revolución con más ruido que aire
un café helado y un agua natural con hielo pero sin él.
Me asomo a la ventana, veo un cielo nublado,
pero no augura frescura, sino más bien un invernadero
soez. 
Tal vez si desnudo mi alma se me refresquen los humos.
Pero también es algo peligroso, la carne viva sin el debido 
cuidado puede infectarse de virus, bichos y miasmas 
repulsivos.
Un sentimiento desnudo, al querer refrescarse puede
llenarse de envidias, recelos que ni con merthiolate se cura.
Es un dilema termosentimental: desnudarse y refrescarse o 
cuidarse y acalorarse. 
Creo que deberé comprarme un minisplit. 


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nomammddmicmvmofvmsaasa¡!!!!!
¡No se puede!, ¡definitivamente no se puede!
No me gusta soltar mis pensamientos a la velocidad de mis
capacidades psicomotrices.
Es como hacer todo en cámara lenta, como viviseccionar
cada impulso con un bisturí para su categorización.
¿A que deidad se le ocurrió crear las pulsaciones a la velocidad
de la luz y la velocidad humana diez mil veces más lenta?
Jamás lo alcanzaré, estoy condenado a fragmentarme 
entre espasmos de tiempo durante toda mi vida
y ni así podría completar lo que debo de salir.
Yo creo que por eso muchos se suicidan, pero los que
se balacean me refiero, se agujeran el cuerpo para que 
todo se vaya y hacerse más ligeros. Convertirse en poríferos
y poder flotar y que el viento se los lleve, ahora si etéreos.
No sé, creo que mejor me sigo entreteniendo, entre espasmos
y reniegos.


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Arrullo 

Sigue arroyo, llévate lo que ya no es mío
veo que bajas, llevando contigo hojarasca
y calor.
Sigue arroyito, desemboca en deltas de dolor,
tu que llevas el aceite, la basura, desasosiego
y mucho sudor. 
Llévate contigo también las penas, esta pesadumbre
que es un grillo al corazón.
Aquellas lágrimas, la sangre, la mugre, el lamento
y mil barcas de Caronte. Mil hojitas de Caronte.
Ve arroyo, solo o mezclado ¡Vayan todos cuesta
abajo!
El rio está próximo, y ese mismo se va a la mar.
Anda arroyo, llévate contigo algún mal recuerdo,
aquel suspiro, y un par de lágrimas mías para que luego
vuelvan, en forma de lluvia y ahora sí, llegue algo 
de dicha.
Ve arroyo.

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El enfadoso

Ya no podré decirte algo que no te haya dicho ya.
Pero debe de ser preciso que te lo repita 
para combatir la amnesia.
Eso tiene sus ventajas, el renacer ese sentimiento 
cada que se presente ocasión. 
(por supuesto hasta que me digas que deje de joder)
Lo haré hasta que tu sonrisa ya se vea cansada.
Hasta que vea tus hermosos ojos bajar la vista
al terminar mis estrofas.
Hasta que te vea patear una piedra más poderosa ya
que mi atención.
Hasta que te vea de espaldas, caminando en dirección opuesta.
Lo haré hasta que me digas que estarás bien sin mí,
que gracias por todo y que nunca me olvidarás.
Lo haré hasta que vea que otra persona seguirá 
recordándote cada mañana, por el resto de tu vida
lo hermosa e importante que eres.
Ojalá no me vaya primero, ojalá siga suspirando
vivo por ti hasta después de cerciorarme que estarás
bien. Ojalá.
Por lo pronto seguiré recordándote que viva
vales mucho más.

Tito Rosales.



Sixto Aurelio Salas ."El otoño" Pluma sobre papel. 1990. 



















martes, 23 de agosto de 2016



Klein´s Bottle.

Caminando soñoliento el hermano menor cruzaba el pasillo asomándose en cada habitación buscando algo, sin realmente saber qué.

Al fin, fatigado entró en su propia pieza y se recostó un momento. Entre el letargo y  el desencanto no supo si realmente durmió o simplemente cerró los ojos; al cabo de uno momento, el hermano mayor entra en la habitación y con voz queda le pregunta:

—¿Qué has soñado?

A lo que el hermano menor responde:

            —He soñado que buscaba algo en el pasillo sin saber qué, y que he entrado a mi pieza a descansar y al despertar me has preguntado que si qué he soñado.

            —Despierta y busca— respondió imperioso el hermano mayor.



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Tu Son.


Esa sonrisa. ¡Qué sonrisa!
Esa sonrisa. ¿Qué sonrisa?
Esa sonrisa. Que sonoriza.
Esa sonrisa. Queso y nodriza.
Esa sonrisa. ¿Qué soy ahorita?
Esa sonrisa. Que ruboriza.
Esa sonrisa. Quemo las prisas.
Esa sonrisa. ¿Qué somatiza?
Esa sonrisa. Que calcifica.
Esa sonrisa. Quema la vista.
Esa sonrisa... pues tu sonrisa.

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Ojos

Ojos cefalópodos. De esos que dan calor.
De esos donde cualquiera se pierde
—O encuentra— con gusto y clamor.
De esos donde uno se refleja, aun sin estar
cerca. Porqué sabe que eternamente el reflejo
estará ahí.
Ojos cefalópodos. Ojos lepidópteros. Noctámbulos
y diáfanos: que observan; que vuelan; que sueñan
y traslucen.
Ojos que son todo. Que los veo al cerrar los propios.
Ojos encarnados en mi hipocampo. En mi hipercampo
de visión. Siempre esos ojos. Que son para mirarlos.
Y besarlos. Sentir el calor y nunca jamás olvidarlos.
Ojos.

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Tiempo: esa necedad de aprisionarnos para pasarla bien.

Quisiera no dormir, no cansarme aun de este suspiro
galáctico llamado vida.
Después de haber dormido catorcemilmillones
no es descabellado pues, mi corto deseo.
No dormir en toda una breve vida humana y que
mi existir se aboque en re-existir. Sí.
Tantas cosas por hacer, tantas cosas por crear.
El vivir sin dormir más, disfrutando de las estrellas y la noche.
Del alba al ocaso, y del otoño al verano.
Cada segundo en viajar, en conocer.
Cada kilómetro por andar, cada gente por abrazar.

Y ya en mis últimos años, aprovechado ya todo ese tiempo
concedido, que el cansancio se apoderé de mis huesos,
que un andar lerdo pero placentero dure un año y
los bostezos inhalando sean de horas y más horas.
Que mis amigos me visiten, y que la memoria no se vaya,
platicando días enteros, entre cafés y recuerdos.
Ya todo lento, suspirando, y que poco a poco mi cabeza
se vaya inclinando, en los últimos días del último año.
Satisfecho de todo lo vivido, lo aprendido.
Cerrar al fin el último libro ante mis ojos, y reclinar
mi cabeza en la poltrona, justo como la abuela dormía
y ahí, con una sonrisa pequeña me duerma para siempre
con el último vaivén de aquella silla.

 


Egon Schiele- El molino en ruinas, 1916.